viernes, 20 de junio de 2014
Y un imaginario musical II (Supertónica)… El parque de la música
Y un imaginario musical I (Tónica)… Soliloquio con el maestro Castilla
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| Alberto Castilla Buenaventura |
Los Límites del Barrio
Sur:
Arkas y Germán E. Arbeláez y Cía.
ἀρχή,
esa palabra griega, ya presente en la artificiosa lengua de Homero, con la que
se designaba “origen”, “comienzo”. Es posible que le pareciera una buena
palabra al señor Arbeláez, un comienzo, un buen comienzo. Fue en los ochenta,
la carrera quinta en su recorrido hacia el oriente tomaba el nombre de Avenida
el Jordán. A la altura de los años ochenta y de la calle 64 con carrera Quinta,
estaban las primeras etapas del Jordán hacia sur, y hacia el norte potreros;
algunos de estos terrenos eran de un sujeto llamado Saúl Parra, que todavía
figura en las escrituras de esos predios. Entonces, el señor Arbeláez ve allí
un buen comienzo, una zona residencial de clase media, una zona que se
diferenciara del medio-bajo del Jordán (que ya tenía más de tres etapas para
los ochenta), pero que no aspirara a los estratos encumbrados de Piedrapintada,
la cual estaba más al occidente. Aparece la sociedad Germán E. Arbeláez y Cía.
junto con la constructora Arkas. Por supuesto, es poco probable que la palabra
griega haya sido el origen del nombre de la constructora, pero es simpático
pensarlo.
Centro:
Mamá en el borde del mundo
Suroriente:
El llano de tierra
A los pasos
inseguros del niño los seguía la sombra de la mamá. Atardecía. La cuadra de
ladrillo a la vista y puertas blancas permanecía silenciosa. El niño caminaba y
miraba, caminaba y miraba, frente a la puerta de su casa, sobre un camino de
losas de cemento. Es difícil saber lo que piensa el niño, pero es claro que sus
pasos solo llegaban hasta cierto punto y se devolvían. Parecía que el corazón
le daba un vuelco, cuando notaba que la inclinación del camino aumentaba
mientras sus zapatos lo llevaban hacia delante. A veces, de repente, paraba su
andar en el límite justo donde el corazón le brincaba y sus ojos boquiabiertos
quedaban anclados en un punto más allá de lo que permitía sus nervios y su
mamá. Era cruzando la calle, y luego otra calle, un lote diagonal a su casa;
era una extensión ocre, entre tierra y roca, resplandeciente de atardecer. Es
difícil saber lo que pensaba el niño, pero allí estaba, absorto, de nuevo, como
otras tardes, con la mirada pegada al llano de tierra. –¿Qué miras, amor?– le pregunta
la mamá; después de un momento, él se vuelve y sonríe. Lo que pensaba el niño
quizá nunca existió, pero años después, cuando del lote vacío surge un conjunto
de edificios, el niño recuerda y nombra aquella sensación al mirar aquel llano
que atardecía: era vértigo, era como si
ese llano nunca acabara, y mis pasos no podían avanzar más, y mis ojos no
podían abarcar más, pero terminaba sonriente y mareado.
Occidente:
Historia de una caseta
Es
diciembre y dos niños se esconden detrás de una caseta metálica. Los niños de
la cuadra juegan al escondite después de rezar la novena. En esa misma
intemperie nocturna, los adultos hablan animosos de la mañana calurosa en la
que pintaron diferentes motivos navideños sobre la calle de la cuadra. Los
niños siguen escondidos, pero escuchan los pasos de alguien que se acerca; se
miran entre sí, saben que si corren los van a descubrir, así que deciden entrar
a la caseta, aun a riesgo de ser descubiertos y regañados por el celador del
barrio. Allí acurrucados nadie los descubre; oyen voces, pero no se atreven a
levantarse. Escuchan que una señora habla sobre la soledad, los potreros y la
seguridad del barrio, otras voces deciden que hay que tener a un celador
rondando esas calles, alguien más recomienda un lugar estratégico para poner
una caseta. Luego, se oyen risas y comentarios sobre el ayudarse entre vecinos.
Suena música, resuenan más conversaciones. Después silencio, silencio y
murmuraciones. Entonces, una queja melancólica recuerda unos diciembres en los
que cerraban la cuadra y pintaban la calle. Y finalmente, un chillido rabioso
rumorea sobre malas miradas y malas acciones. De golpe se abre la puerta, pero
desde dentro; los niños ya no caben allí. Cuando se levantan, ven que están en
otro lugar, han trasladado la caseta; se ven entre ellos y no se reconocen. Con
cautela, se separan.
Rosa de los vientos:
Paseando la cicla
Durante una
época, una cicla negri-morada-todo-terreno paseaba entre Los Parrales,
Arkalucía y Arkamónica. Su transitar era rutinario y monótono, daba vueltas una
y otra vez alrededor de las manzanas, luego desaparecía como un fantasma que ha
terminado de dar su ronda. La forma del recorrido delineaba los límites del
barrio.
La intimidad de la Casa (II)
La casa de Interlaken
PUNT-eos
We'll
share a drink and step outside,
An
angry voice and one who cried,
'We'll
give you everything and more,
The
strain's too much, can't take much more.'
New Dawn Fades – Joy
Division
Puntos, marcas, trazos sobre una
textura digital; punteos es una
sección en la que los puntos se agrupan en afinidades espaciales e imaginarias,
un brochazo de indicios con formas textuales. Su argamasa en bruto, el sustrato,
proviene de un múltiple recorrido de los espacios: hay recorrido vivencial
presente, apuntes mentales de un observador atento; hay recorrido de
documentos, datos necesarios que aportan material a cierta comprensión de los
espacios; hay recorrido de testimonios, palabras de vivencia y apropiación de
espacios.
Todo este sustrato en su
posibilidad expresiva va configurando lo que De Certeau llama la enunciación peatonal, cuyas tres
características son: lo presente, lo discontinuo y lo “fático” (110). Este filósofo
francés plantea que el caminante en su apropiación de un orden espacial actualiza
el mismo en la medida en que obra una operación de selección en lo andado; esto
genera un presente que configura una discontinuidad, pues, en otras palabras,
se trata de una edición significativa del espacio (110-111). Así, la enunciación peatonal surge del hecho de que el caminante realmente apropia
una parte de las posibilidades del orden espacial, es decir, se da una relación
entre el horizonte de apropiación de un caminante y el horizonte de
posibilidades de un orden espacial.
Así vista, la labor del caminante
puede llevar su enunciación a la configuración de una retórica del andar (De
Certeau, 111). Del proceso emergen figuras y punteos intenta moldear una que otra. La particularidad de esta
sección es que, a diferencia de las otras donde cada texto es un punto, aquí
cada texto es un grupo de puntos, se piensa como unidad recompuesta de
fragmentos que avizoran un todo, y en la presentación cartográfica son marcadores
conectados en la búsqueda de una figura. De esta forma, en punteos se puede encontrar…
… el recorrer de una sola cuerda,
una sola carrera que determina el sospechoso limbo de un hombre (Un primerazo para el recién-venido. Carrera
punteada en 14 paradas).
… una discontinuidad en el
acercamiento a espacios que tuvieran un aire imaginado de música para pensar el
título de Ibagué, ciudad musical (Y un
imaginario musical en cuatro grados).
… la delimitación de un espacio
vivencial a través de tiempo y sujetos (Los
límites del barrio).
…. la breve construcción de miradas
que en un recorrido exterior-interior penetran en apropiaciones íntimas de
lugares (La intimidad de la casa).
La intimidad de la Casa (I)
La casa de los Parrales
Un camino hacia el Bautista
Ver Ibagué en un mapa ampliado
La comuna 5 surgió en la década del
sesenta con desplazados y dinero extranjero. “Alianza para el progreso” era
nombre oficial del dinero extranjero y “La violencia” era el nombre común para
ese desplazamiento. El Jordán… así fue bautizado el proyecto urbanístico del
que surge aquella comuna[1].
No pudo ser otro nombre, la metonimia mística haría que al menos el sector y
sus habitantes vivieran sobre las aguas de ese nombre bautismal. El sector en
cuestión era parte de la expansión de la ciudad hacia el oriente[2].
Uno de los puntos de crecimiento y conexión partió de la confluencia en frente
del Sena, la cual conforma un nudo hecho por la llegada simultánea de la
carrera quinta, la avenida ferrocarril y la carrera cuarta[3].
De este nudo, se desprenden dos caminos principales: la vía a Mirolindo que
lleva a la Ruta 40 y a la salida sur oriental de Ibagué; y por otra parte, es
el camino hacia el bautista, la avenida El Jordán, continuación de la Carrera
Quinta, vía que termina por conectar aquella comuna naciente con el resto de la
ciudad. Así se va consolidando este sector, y en medio de las aguas de esas
primeras etapas del Jordán inauguran la iglesia san Juan Bautista.
Ver Ibagué en un mapa ampliado
[1] Canclini nos plantea que, además
de calles, casas y parques, la ciudad se configura con imágenes (107). De la
inauguración del Jordán, hay una interesante fotografía en la que el arzobispo
de turno va acompañado de lo que parecen dos diáconos y un presbítero; están de
espaldas en un plano entero y caminan hacia un conjunto de pequeñas casas
seriales de una planta, que están al fondo de la imagen, después de un alto
pastizal (González, 351). Quizá el camino hacia el bautista tuvo su
inauguración en ese entonces, antes de que se alargara la carrera quinta bajo
el nombre de Avenida El Jordán. La imagen es un eco que se repite en el hecho
de que estos hombres portadores de bendiciones son la forma mestiza de la
violencia primigenia con que se fundaron los primeros pueblos en el hispanizado
Valle de las Lanzas.
[2] “El Plan
de Desarrollo Urbano reordena la ciudad en torno a los viales que señalábamos
en apartados anteriores, proyectando la ciudad hacia el oriente a partir de la
Avenida el Jordán, que aparece como una continuidad de la Avenida quinta, y de
la Avenida Mirolindo que se constituye como una continuidad de la carrera
cuarta. De igual manera la ciudad va ampliando su trazado urbano a través de la
urbanización que se da entre los ejes viales […]” (González, 265). Esta
expansión es la que delinea la forma geométrica de la ciudad actual: limitada
al norte y al sur, la ciudad se proyecta como un corredor occidente-oriente.
Así en su forma geométrica habita la fatalidad primigenia de ser una ciudad intermedia
de conexión, el camino del Quindío en el occidente y la ruta hacia la Capital
en el oriente. Sin norte y sin sur la ciudad se ensancha a la espalada de su
bostezo fundador.
[3] Tal nudo
se volvió poco a poco un punto de congestión vehicular, entonces para la década
del 2000 se construyó un puente elevado que conectó la Avenida Ferrocarril con
la Avenida El Jordán. Por debajo de este puente, la carrera quinta desaparece
en una bifurcación, una parte lleva a la Vía a Mirolindo (salida oriente de la ciudad)
y la otra parte pasa por debajo de un puente, que antaño fuera el camino del
ferrocarril, y transforma en la carrera 2ª; esta ruta un tramo más abajo
conecta con la Avenida el Jordán y es paso obligado de la busetas que vienen
del occidente por la Quinta y van a tomar La Jordán hacia el oriente.
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