jueves, 19 de junio de 2014

Desencuentro con el Mango



Cuando íbamos a visitar a mis abuelos maternos, los pichones de jiriguelos permanecíamos en la casa, no salíamos mucho ni muy lejos, si acaso al antejardín y poco más allá; igual mi hermana y mi prima eran aún muy pequeñas y los demás eran grandes, poco interesados en salir a hacer a nada. Por otra parte, las advertencias de los mismos adultos ponían una línea divisoria entre la seguridad familiar y el peligro de la calle, una línea que casi se podía tocar. Pero no importaba, a mí me encantaba esa casa, su espacio estaba lleno potencia, lleno de cosas por apropiar: se podía jugar con unos cojines grandes y cafés; leer algunos textos de los tomos de El mundo de los niños (sobre todo de los primeros, que eran donde estaban los cuentos); ver televisión en ese aparato caliente que tenía dieciséis pequeños rectángulos oprimibles, plateados y enumerados para cambiar canales (pero solo en tres de ellos no había lluvia blanquinegra); también se podía comer pan mariquiteño de Matheus que traía mi abuelo, galletas Ducales, caramelos de leche, unos pequeños cuadritos enfrascados en un tarro barrigón y transparente… y el mango.

Colombia Festiva
En la esquina próxima a la casa de mis abuelos, a veces se estacionaba un puesto de fruta ambulante. A veces lo veía, por unos segundos, cuando pasábamos. Mango, mango biche con sal y limón, para mí la única razón por la que ese señor y su carretilla de madera existían. Pero el mango estaba afuera, en la calle, partido en gruesos y jugosos pétalos irregulares de cáscara verde y carne pálida amarillenta, alrededor de un centro coronado con sal en el que se adivinaba un pepa que se podía roer. Pero no todos veían el mango como esa apetecible flor ácida. No recuerdo quién, pero uno de los adultos hablaba mal de ese mango, decía que lo lavaban con agua puerca de las piletas de la Plaza de Bolívar.

Una vez, acompañé a la tía Ángela, a mi mamá y a mi abuela, a hacer una visita en una casa que quedaba a la vuelta de la esquina, justo en frente del puesto de fruta. Cuando acabaron de hablar, ya en el antejardín, la despedida fue eterna, como si la visita continuara. Me separé un poco y con disimulo, rodeo a rodeo, me acerqué al puesto de fruta, aunque tenía los ojos de mi mamá clavados en la espalda. Allí estaban los mangos, coronando la carretilla, sobre el resto de frutas, manzanas rojas, bananos oscuros, lunas redondas de patilla y piña. 

Un señor viejo, de barba larga y curtida se acercó a la carretilla, preguntó el precio de un banano. Con lentitud abrió su mano, miró algo en ella y en seguida la cerró. Se alejó un poco, con unos pasos cortos que tambaleaban su enjuto cuerpo de un lado a otro, como si hubiera una marea desganada bajo sus pies. Se volvió hacia mí, hacia las frutas, hacia la carretilla, abrió su mano y miró de nuevo.


  Untitled © Heather Attribution-ShareAlike

Su expresión venía del espacio exterior, un espacio lejos de mí, con el que de repente hacía contacto, un lugar donde las palabras que expresaban pequeños deseos rebotaban en la cara de quien las pronunciaba y nada pasaba, un sitio en el que sacralizar un mango y despreciar las otras frutas de la carretilla era pena de muerte, una zona donde el constante vaivén hacía imposible jugar con cojines, una franja que abría su frontera y aproximaba la mirada de su barba curtida, y su caminar pálido que volvía al puesto de frutas preguntaba otra vez por un banano, se alejaba y miraba su mano llena, quizá, de monedas invisibles. 

En su ir y venir final, dijo con una serenidad helada: “Tengo hambre”. La marea retomó sus pies y se lo llevó. Entre tanto, yo volvía la mirada hacia los mangos; era como si una media apestosa me atragantara entre algodón sucio y sudor rancio, y una opresión al rojo vivo amordazaba una parte de mí, una parte invisible conectada con la sensibilidad de mi cara y mi piernas.

Después, cuando pasábamos por ahí, evitaba mirar el espacio; pero antes, en el momento en que mi tía Ángela, mi mamá y mi abuela se terminaban de despedir, caminé del puesto de frutas al lado de mi mamá sobre un compás que ignoraba mi caminar cotidiano. Me pegué a la pierna de mamá soltando unas gruesas lágrimas, cuya intensa naturaleza me era desconocida, pero en ese momento era todo lo que yo era.


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