Cuando íbamos a visitar a mis
abuelos maternos, los pichones de jiriguelos permanecíamos en la casa, no
salíamos mucho ni muy lejos, si acaso al antejardín y poco más allá; igual mi
hermana y mi prima eran aún muy pequeñas y los demás eran grandes, poco
interesados en salir a hacer a nada. Por otra parte, las advertencias de los
mismos adultos ponían una línea divisoria entre la seguridad familiar y el
peligro de la calle, una línea que casi se podía tocar. Pero no importaba, a mí
me encantaba esa casa, su espacio estaba lleno potencia, lleno de cosas por
apropiar: se podía jugar con unos cojines grandes y cafés; leer algunos textos
de los tomos de El mundo de los niños (sobre
todo de los primeros, que eran donde estaban los cuentos); ver televisión en
ese aparato caliente que tenía dieciséis pequeños rectángulos oprimibles,
plateados y enumerados para cambiar canales (pero solo en tres de ellos no
había lluvia blanquinegra); también se podía comer pan mariquiteño de Matheus que traía mi abuelo, galletas
Ducales, caramelos de leche, unos pequeños cuadritos enfrascados en un tarro
barrigón y transparente… y el mango.
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| Colombia Festiva |
Una vez, acompañé a la tía Ángela,
a mi mamá y a mi abuela, a hacer una visita en una casa que quedaba a la vuelta
de la esquina, justo en frente del puesto de fruta. Cuando acabaron de hablar,
ya en el antejardín, la despedida fue eterna, como si la visita continuara. Me
separé un poco y con disimulo, rodeo a rodeo, me acerqué al puesto de fruta,
aunque tenía los ojos de mi mamá clavados en la espalda. Allí estaban los
mangos, coronando la carretilla, sobre el resto de frutas, manzanas rojas,
bananos oscuros, lunas redondas de patilla y piña.
Un señor viejo, de barba larga y
curtida se acercó a la carretilla, preguntó el precio de un banano. Con
lentitud abrió su mano, miró algo en ella y en seguida la cerró. Se alejó un
poco, con unos pasos cortos que tambaleaban su enjuto cuerpo de un lado a otro,
como si hubiera una marea desganada bajo sus pies. Se volvió hacia mí, hacia
las frutas, hacia la carretilla, abrió su mano y miró de nuevo.
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Untitled © Heather / Attribution-ShareAlike |
Su expresión venía del espacio
exterior, un espacio lejos de mí, con el que de repente hacía contacto, un lugar donde las palabras que expresaban pequeños deseos rebotaban en la cara de
quien las pronunciaba y nada pasaba, un sitio en el que sacralizar un mango y
despreciar las otras frutas de la carretilla era pena de muerte, una zona donde
el constante vaivén hacía imposible jugar con cojines, una franja que abría su
frontera y aproximaba la mirada de su barba curtida, y su caminar pálido que
volvía al puesto de frutas preguntaba otra vez por un banano, se alejaba y
miraba su mano llena, quizá, de monedas invisibles.
En su ir y venir final, dijo con
una serenidad helada: “Tengo hambre”. La marea retomó sus pies y se lo llevó.
Entre tanto, yo volvía la mirada hacia los mangos; era como si una media
apestosa me atragantara entre algodón sucio y sudor rancio, y una opresión al
rojo vivo amordazaba una parte de mí, una parte invisible conectada con la
sensibilidad de mi cara y mi piernas.
Después,
cuando pasábamos por ahí, evitaba mirar el espacio; pero antes, en el momento
en que mi tía Ángela, mi mamá y mi abuela se terminaban de despedir, caminé del
puesto de frutas al lado de mi mamá sobre un compás que ignoraba mi caminar
cotidiano. Me pegué a la pierna de mamá soltando unas gruesas lágrimas, cuya intensa
naturaleza me era desconocida, pero en ese momento era todo lo que yo era.
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