jueves, 19 de junio de 2014

Formas de la parroquia Claret





Antonio María Claret decía que los pobres se debían resignar a la voluntad de Dios en cuanto a su pobreza, también decía que a falta de bienes materiales debían ser ricos en bienes eternos, un Camino recto y seguro para llegar al cielo, así se llama el libro más famoso de Claret donde dice eso sobre los pobres, quizá por eso de niño veía tantas caras suplicantes en la misa del domingo, en la iglesia Claret, del barrio Claret, cerca del barrio América, donde viven mis abuelos paternos, donde vivieron mis abuelos maternos, y donde se conocieron mi mamá y mi papá, él vivía allí desde antes y le decían el sepulturero, porque cuando le preguntaban que donde vivía, decía que por el cementerio, y claro el Cementerio San Bonifacio está a unas cuadras de la casa de mis abuelos paternos desde donde partíamos los domingos en la tarde para ir a oír misa”, como decía mi abuela paterna, pero Antonio María Claret escribió, en ese mismo libro sobre el caminito de sentido único, que “Para oír devotamente la Santa Misa” hay que saber más de veinte oraciones en dialecto castellano y tituladas en latín, 
y seguro que ni esas retóricas ni esos latines eran de conocimiento de mi abuela paterna, quizá por eso ella cantaba, cantaba con una brillante voz distintiva, con un timbre chillón entre velar y nasal, como si apretara todo el aire contra el velo del paladar y el resto saliera por la nariz, y el sonido llenaba la nave central de la iglesia Claret los domingos en la tarde, tarde en la que después de la misa solía haber empanadas que hacía mi abuela paterna y vendía a la siniestra de Dios padre, es decir, al ladito izquierdo de la puerta de la iglesia, y siempre estaban buenas con ají, sobre todo si competía con mi hermanita y mi primita a ver quién le echaba más, pero eso de las empanadas y el ají no lo trata Antonio María Claret como parte de la misa, aunque debió haberlo tratado, pues el párroco de la iglesia Claret era repetitivo y cansón con lo del diezmo, repetía, repetía, mis abuelos paternos lo tomaban como una dulce reprimenda y lo repetían, por eso Antonio María Claret debió haberle dedicado una oración a la relación entre empanadas y diezmo, pero no lo hizo y lo que hizo fue escribir obligaciones para todo el mundo, para los maridos y esposas, para los hijos y dependientes, para los jóvenes, doncellas y viudas, también para los ricos y pobres, además no se le escaparon los mercaderes, artistas y jornaleros, con todo, aunque nadie en mi familia conociera el libro, eso no impedía que algunas de aquellas obligaciones salieran de la tinta piadosa a la carne de las relaciones familiares, pienso que en el fondo de la casa de mis abuelos paternos, entre los bizcochos, habitaban las máximas de Antonio María Claret, que eran susurradas cuando, para el desayuno, sacaban los bizcochos, los de maíz, los de manteca y las achiras, ¿será que entre los susurros se oían aquellos mandatos que dictaban a las esposas respetar a los suegros como padres o ser humilde con las cuñadas? El susurrar de los bizcochos hacía que los de la casa paterna, sobre todo mi abuela y dos de sus hijas, se aprovecharan de las palabras de Antonio María Claret y trataran mal a mi mamá y a una tía, hermana de mi mamá, ellas se habían casado con los hijos varones de aquella familia que vivía en el barrio América, cerca del barrio Claret, donde queda la iglesia Claret, en la que hay, al lado izquierdo de la nave central, un jardincito con el que me distraía a veces en la misa del domingo, me gustaban sus breves caminos de piedras planas y sus flores espinosas, además la pared alrededor estaba hecha de varias hileras de huecos cuadrados, unos más grandes que otros, unos vacíos y otros tapados con piedras, algunas brillosas y otras opacas, que decían nombres, fechas y flores, me dijeron que se eso se llamaba columbario, pero eso me sonaba a colombina y no me decía nada sobre el jardincito, 
sin embargo no todas las veces miraba el jardincito, sino que también miraba a mamá a ver si se comportaba tan seria como decía que había que comportarse en la iglesia, no miraba a papá porque se parecía a las estatuas pequeñas que estaban encaramadas alto, me cansaba de mirarlo antes de comprobar si había hecho algo fuera de las reglas de la misa, pero todos estarían fuera de la forma oír devotamente la misa según Antonio María Claret, un español, catalán y exorcista, arzobispo en Cuba y apuñalado en la isla, gustaba de destruir libros malos y de escribir cosas como “¡Qué verdad es que hay algunos pecadores que son como los nogales, que no dan fruto sino a palos! Yo no puedo menos que bendecir al Señor y darle continuamente (gracias) por haber enviado la peste tan oportunamente, pues conocí evidente y claramente que era un efecto de su adorable misericordia; porque, por la peste, muchos se confesaron para morir que no se habían confesado en la misión”, me lo imagino en Cuba como un Juan de Mañozga, uno de los personajes de Los cortejos del diablo, inquisidor viejo que se lamenta de haber venido de España a estas tierras holladas por la pata de Satán y su culo almizcloso, pero no, a diferencia de Juan de Mañozga que se lo llevan las brujas a Tolú, a Antonio María Claret lo regresaron a España como confesor de la reina, entonces me detengo y miro su imagen, 
Antonio María Claret

definitivamente lo que hay es un sociópata iluminado en la humildad, obediencia, mansedumbre y caridad, ¡cómo se habrá divertido en su vida! Y después, tiempo después, en la ciudad de Ibagué, en la parroquia Antonio María Claret, en honor del sociópata humilde, bajo un techo sacro que imita sus atributos, me bautizan como Sergio Daniel Rojas Sierra y sacan una bonita foto.    


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