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jueves, 19 de junio de 2014

Desencuentro con el Mango



Cuando íbamos a visitar a mis abuelos maternos, los pichones de jiriguelos permanecíamos en la casa, no salíamos mucho ni muy lejos, si acaso al antejardín y poco más allá; igual mi hermana y mi prima eran aún muy pequeñas y los demás eran grandes, poco interesados en salir a hacer a nada. Por otra parte, las advertencias de los mismos adultos ponían una línea divisoria entre la seguridad familiar y el peligro de la calle, una línea que casi se podía tocar. Pero no importaba, a mí me encantaba esa casa, su espacio estaba lleno potencia, lleno de cosas por apropiar: se podía jugar con unos cojines grandes y cafés; leer algunos textos de los tomos de El mundo de los niños (sobre todo de los primeros, que eran donde estaban los cuentos); ver televisión en ese aparato caliente que tenía dieciséis pequeños rectángulos oprimibles, plateados y enumerados para cambiar canales (pero solo en tres de ellos no había lluvia blanquinegra); también se podía comer pan mariquiteño de Matheus que traía mi abuelo, galletas Ducales, caramelos de leche, unos pequeños cuadritos enfrascados en un tarro barrigón y transparente… y el mango.

Colombia Festiva
En la esquina próxima a la casa de mis abuelos, a veces se estacionaba un puesto de fruta ambulante. A veces lo veía, por unos segundos, cuando pasábamos. Mango, mango biche con sal y limón, para mí la única razón por la que ese señor y su carretilla de madera existían. Pero el mango estaba afuera, en la calle, partido en gruesos y jugosos pétalos irregulares de cáscara verde y carne pálida amarillenta, alrededor de un centro coronado con sal en el que se adivinaba un pepa que se podía roer. Pero no todos veían el mango como esa apetecible flor ácida. No recuerdo quién, pero uno de los adultos hablaba mal de ese mango, decía que lo lavaban con agua puerca de las piletas de la Plaza de Bolívar.

Una vez, acompañé a la tía Ángela, a mi mamá y a mi abuela, a hacer una visita en una casa que quedaba a la vuelta de la esquina, justo en frente del puesto de fruta. Cuando acabaron de hablar, ya en el antejardín, la despedida fue eterna, como si la visita continuara. Me separé un poco y con disimulo, rodeo a rodeo, me acerqué al puesto de fruta, aunque tenía los ojos de mi mamá clavados en la espalda. Allí estaban los mangos, coronando la carretilla, sobre el resto de frutas, manzanas rojas, bananos oscuros, lunas redondas de patilla y piña. 

Un señor viejo, de barba larga y curtida se acercó a la carretilla, preguntó el precio de un banano. Con lentitud abrió su mano, miró algo en ella y en seguida la cerró. Se alejó un poco, con unos pasos cortos que tambaleaban su enjuto cuerpo de un lado a otro, como si hubiera una marea desganada bajo sus pies. Se volvió hacia mí, hacia las frutas, hacia la carretilla, abrió su mano y miró de nuevo.


  Untitled © Heather Attribution-ShareAlike

Su expresión venía del espacio exterior, un espacio lejos de mí, con el que de repente hacía contacto, un lugar donde las palabras que expresaban pequeños deseos rebotaban en la cara de quien las pronunciaba y nada pasaba, un sitio en el que sacralizar un mango y despreciar las otras frutas de la carretilla era pena de muerte, una zona donde el constante vaivén hacía imposible jugar con cojines, una franja que abría su frontera y aproximaba la mirada de su barba curtida, y su caminar pálido que volvía al puesto de frutas preguntaba otra vez por un banano, se alejaba y miraba su mano llena, quizá, de monedas invisibles. 

En su ir y venir final, dijo con una serenidad helada: “Tengo hambre”. La marea retomó sus pies y se lo llevó. Entre tanto, yo volvía la mirada hacia los mangos; era como si una media apestosa me atragantara entre algodón sucio y sudor rancio, y una opresión al rojo vivo amordazaba una parte de mí, una parte invisible conectada con la sensibilidad de mi cara y mi piernas.

Después, cuando pasábamos por ahí, evitaba mirar el espacio; pero antes, en el momento en que mi tía Ángela, mi mamá y mi abuela se terminaban de despedir, caminé del puesto de frutas al lado de mi mamá sobre un compás que ignoraba mi caminar cotidiano. Me pegué a la pierna de mamá soltando unas gruesas lágrimas, cuya intensa naturaleza me era desconocida, pero en ese momento era todo lo que yo era.


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Formas de la parroquia Claret





Antonio María Claret decía que los pobres se debían resignar a la voluntad de Dios en cuanto a su pobreza, también decía que a falta de bienes materiales debían ser ricos en bienes eternos, un Camino recto y seguro para llegar al cielo, así se llama el libro más famoso de Claret donde dice eso sobre los pobres, quizá por eso de niño veía tantas caras suplicantes en la misa del domingo, en la iglesia Claret, del barrio Claret, cerca del barrio América, donde viven mis abuelos paternos, donde vivieron mis abuelos maternos, y donde se conocieron mi mamá y mi papá, él vivía allí desde antes y le decían el sepulturero, porque cuando le preguntaban que donde vivía, decía que por el cementerio, y claro el Cementerio San Bonifacio está a unas cuadras de la casa de mis abuelos paternos desde donde partíamos los domingos en la tarde para ir a oír misa”, como decía mi abuela paterna, pero Antonio María Claret escribió, en ese mismo libro sobre el caminito de sentido único, que “Para oír devotamente la Santa Misa” hay que saber más de veinte oraciones en dialecto castellano y tituladas en latín, 
y seguro que ni esas retóricas ni esos latines eran de conocimiento de mi abuela paterna, quizá por eso ella cantaba, cantaba con una brillante voz distintiva, con un timbre chillón entre velar y nasal, como si apretara todo el aire contra el velo del paladar y el resto saliera por la nariz, y el sonido llenaba la nave central de la iglesia Claret los domingos en la tarde, tarde en la que después de la misa solía haber empanadas que hacía mi abuela paterna y vendía a la siniestra de Dios padre, es decir, al ladito izquierdo de la puerta de la iglesia, y siempre estaban buenas con ají, sobre todo si competía con mi hermanita y mi primita a ver quién le echaba más, pero eso de las empanadas y el ají no lo trata Antonio María Claret como parte de la misa, aunque debió haberlo tratado, pues el párroco de la iglesia Claret era repetitivo y cansón con lo del diezmo, repetía, repetía, mis abuelos paternos lo tomaban como una dulce reprimenda y lo repetían, por eso Antonio María Claret debió haberle dedicado una oración a la relación entre empanadas y diezmo, pero no lo hizo y lo que hizo fue escribir obligaciones para todo el mundo, para los maridos y esposas, para los hijos y dependientes, para los jóvenes, doncellas y viudas, también para los ricos y pobres, además no se le escaparon los mercaderes, artistas y jornaleros, con todo, aunque nadie en mi familia conociera el libro, eso no impedía que algunas de aquellas obligaciones salieran de la tinta piadosa a la carne de las relaciones familiares, pienso que en el fondo de la casa de mis abuelos paternos, entre los bizcochos, habitaban las máximas de Antonio María Claret, que eran susurradas cuando, para el desayuno, sacaban los bizcochos, los de maíz, los de manteca y las achiras, ¿será que entre los susurros se oían aquellos mandatos que dictaban a las esposas respetar a los suegros como padres o ser humilde con las cuñadas? El susurrar de los bizcochos hacía que los de la casa paterna, sobre todo mi abuela y dos de sus hijas, se aprovecharan de las palabras de Antonio María Claret y trataran mal a mi mamá y a una tía, hermana de mi mamá, ellas se habían casado con los hijos varones de aquella familia que vivía en el barrio América, cerca del barrio Claret, donde queda la iglesia Claret, en la que hay, al lado izquierdo de la nave central, un jardincito con el que me distraía a veces en la misa del domingo, me gustaban sus breves caminos de piedras planas y sus flores espinosas, además la pared alrededor estaba hecha de varias hileras de huecos cuadrados, unos más grandes que otros, unos vacíos y otros tapados con piedras, algunas brillosas y otras opacas, que decían nombres, fechas y flores, me dijeron que se eso se llamaba columbario, pero eso me sonaba a colombina y no me decía nada sobre el jardincito, 
sin embargo no todas las veces miraba el jardincito, sino que también miraba a mamá a ver si se comportaba tan seria como decía que había que comportarse en la iglesia, no miraba a papá porque se parecía a las estatuas pequeñas que estaban encaramadas alto, me cansaba de mirarlo antes de comprobar si había hecho algo fuera de las reglas de la misa, pero todos estarían fuera de la forma oír devotamente la misa según Antonio María Claret, un español, catalán y exorcista, arzobispo en Cuba y apuñalado en la isla, gustaba de destruir libros malos y de escribir cosas como “¡Qué verdad es que hay algunos pecadores que son como los nogales, que no dan fruto sino a palos! Yo no puedo menos que bendecir al Señor y darle continuamente (gracias) por haber enviado la peste tan oportunamente, pues conocí evidente y claramente que era un efecto de su adorable misericordia; porque, por la peste, muchos se confesaron para morir que no se habían confesado en la misión”, me lo imagino en Cuba como un Juan de Mañozga, uno de los personajes de Los cortejos del diablo, inquisidor viejo que se lamenta de haber venido de España a estas tierras holladas por la pata de Satán y su culo almizcloso, pero no, a diferencia de Juan de Mañozga que se lo llevan las brujas a Tolú, a Antonio María Claret lo regresaron a España como confesor de la reina, entonces me detengo y miro su imagen, 
Antonio María Claret

definitivamente lo que hay es un sociópata iluminado en la humildad, obediencia, mansedumbre y caridad, ¡cómo se habrá divertido en su vida! Y después, tiempo después, en la ciudad de Ibagué, en la parroquia Antonio María Claret, en honor del sociópata humilde, bajo un techo sacro que imita sus atributos, me bautizan como Sergio Daniel Rojas Sierra y sacan una bonita foto.    


La otra Karen



Casi un año después conocí a Karen, y ella con su mirada felina, sus dientes diminutos, su olor a canela y ceniza, sus rizos negros y su impuntualidad, trajo a mi memoria el recuerdo de la otra Karen.

No recuerdo ni su rostro, ni su nombre, pero estaba usando unas sandalias de un ocre impreciso, mientras una señora de cabello corto, voz gangosa y una blusa que parecía poncho nos advertía sobre las facultades del Espíritu Santo. Tampoco sé bien cómo terminé en ese grupo de oración; recuerdo que tenía la pretensión de volver a los lugares que cuando era niño me parecían sagrados y pesados, en olores, en columnas abrazables y frías, en caras pálidas y en expresiones horripilantemente hirientes o tristes. Probablemente fue mi abuela materna la que me habló del sitio y del grupo de oración para jóvenes que se estaba formando. Fui un par de veces, pero no hallé sensación mística en ese grosero patio cubierto por tejas translúcidas, demasiado grande tanto para la mísera selección de citas bíblicas como para la colección de miradas distraídas.

La única vez que la vi a la otra Karen usaba falda corta y se movía como a brincos; atropellaba las sílabas iniciales de las palabras y rezaba con un fervor enrojecido. Su figura era como de palitos de paleta medio recubiertos con masilla para modelar. Su cuerpo de palitos de paleta era el único espacio religioso en ese piso de cemento a medio pulir.

La única vez que la acompañé a su casa me acusó de silencioso y aburrido, pero no paró de hablar. Igual yo solo quería estar cerca de su cuerpo y de sus movimientos, como quien deambula por una iglesia buscando consuelo. Caminamos desde la Guabinal por toda la 22, dejamos atrás portones y sitios de refacciones de autos, una estación de gasolina, casas viejas con fachadas granulosas y grises, muchos camiones pequeños parqueados, por aquello de que más arriba está la plaza de la 21; y al pasar la carrera cuarta, a media cuadra, la calle 22 cae a un hueco. Allí vivía ella.


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La única vez que me despedí de ella tuve que correr de una parvada de chicos.

La versión que se me antoja parte de la premisa de que el camino entre la Guabinal y la Cuarta por la 22 es análogo a la distancia temporal entre las dos Karen. Cuando me estoy acercando a la Cuarta, me estoy alejando del espacio religioso que supone la otra Karen. Y es inevitable que camine, la otra Karen solo aceptó mi ofrecimiento de compañía hacia su casa, no le interesaban las paradas, ni los retrocesos… mucho menos conmigo. Perseguí desesperado el cuerpo de la otra Karen y lo perdí con cada paso, al lado de ella, a lo largo de la 22; al final, la calle cae a un hueco y Karen, un año después, me deja plantado en otro hueco, en otra ciudad y perseguido por otra parvada.


Los Fantasmas del Acuario

Me habían dejado solo en el parqueadero del edificio, habían apagado la luz y se habían subido; antes me habían dicho que contara de cinco en cinco hasta cien, y de cien en cien hasta mil. Pero me habían dejado solo, y lo sabía, había escuchado sus risas. Atravesé el parqueadero en silencio, inmerso en una mezcla entre oscuridad y una luz amarilla verdosa que se filtraba de algún lado. No podía subir de inmediato, me temblaría la voz y se reirían aun más.

Allí, en un arrebato de mi sombra pequeña, pensé que la culpa la tenía mamá, era ella quien me trajo ese pantalón café de pana y esa pálida camisa de cuadros, yo quería el jean ancho y la camiseta grande con las vistosas palabras en inglés que no entendía. Mamá tenía la culpa de que yo fuera el único que tenía una camisa fajada. Y por qué el edificio se llamaba Acuario, a mí me causaba curiosidad, pero todos me miraron entre lástima y desconcierto cuando les dije que las rejas de la entrada proyectaban sombras como peces en una pecera, que aparecían y desaparecían, que se movían y nadaban en ciertas direcciones si la luz se desplazaba.

Seguramente la idea fue de Contre, seguramente les dijo que me dejaran solo, seguramente les dijo: “Dejemos a gafa solo con su pinta de ñoño para lo asusten los fantasmas”. A todos les gustan las historias que cuenta Contre sobre los fantasmas del edificio, dice que las ventanas se abren solas, que los muebles chirrían y que de noche en el parqueadero hay cosas que se escurren de las columnas y tocan a los que estacionan los carros. Seguramente la idea fue de Contre, él se puede portar mal aquí, su papá lo deja, pero en la casa de su mamá es distinto.


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A mí me gustaba el edificio donde vivía el papá de Contre, aún me gusta, desentona con su fachada de ladrillo a la vista, sus balcones amplios y sus ocho pisos; las demás construcciones alrededor del parque de Belén son bajas y dan su cara con diversos colores pastel. Pero este edificio era distinto, era como una torre profunda y angosta que había encallado por error en el parque de ese barrio viejo. Por eso no me gustaban las historias de Contre, los fantasmas pertenecían a otra Belén, a la de las casas bajas, las verjas, los colores pasteles y el granito.

Aun así, cuando ya había reunido fuerzas para ir a donde estaban los demás,  apareció un acuario de fantasmas. Se movían lento, en un compás hipnótico, como pinturas vivas que se deslizaban suavemente por el suelo, las columnas y el techo bajo del parqueadero. Me sentía sumergido en un estanque, mientras ligeras presencias nadaban cerca. Mi sombra pequeña avanzó al compás del acuario, otros fantasmas o los mismos, el claroscuro en el parqueadero de la torre encallada, y todo verdoso y amarilloso y oscuro.


Tres versiones del Costado del Pez

Pasando por el costado del pez, María Auxiliadora, la iglesia de Cádiz, con su forma de proa / que emerge blanca / con su cruz seca / del suelo verde / cargando peces / de hueso falso / tallados fijos / a lado y lado / de la proa alta / que emerge blanca / bajo un sol claro.

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Aunque era de noche, la calle era clara, familiar; la cruz no se veía sobre el cielo negro, pero el murmur-sacro de la misa alcanzaba a llegarme; un sutil tapete de hojas bajo mis zapatos crujía y avanzaba sobre un andén irregular cuyas lozas habían sido levantadas o agrietadas por las raíces de los árboles; había olor a ceniza, como a tierra ahumada, como si caminara a través de los retoques pesados de un pintor de paleta gris; dormitaba tranquilo entre la noche y el silencio de ese barrio; el aire cálido estaba quieto sobre la calle del costado del pez, cuando una ráfaga me dejó despeinado.


Corrió con ganas, la ráfaga ladrona que me había quitado una desleída gorra apestosa… corrí con ganas rasgando el aire quieto… sin razón puse todo el empeño y la velocidad… una cuadra después las yemas de mis dedos casi tocaban a la ráfaga ladrona… el giro en una curva y el choque de dos cuerpos en carrera… me levanto rápido y vuelo hacia el otro cuerpo que se intenta incorporar… una patada con ganas y sin odio, y el otro cuerpo se estremece… otra patada que conecta mi electricidad con el cuerpo quejoso… una tercera patada aplasta el bulto lloroso entre el caucho de mis zapatos y lo oscuro del pavimento… unas voces emergen furibundas y le dan nombre a la masa apisonada… reviento en vuelo por las calles negras y familiares… cuando caigo sin aire, extrañado de mi cuerpo, ya estoy lejos, lejos del costado del pez.   

miércoles, 18 de junio de 2014

Una entrada y diez imágenes del Nuevo Liceo


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En el centro histórico de Ibagué, a media cuadra de la Plaza de Bolívar, sobre una estrecha carrera segunda, media cuadra arriba de la calle décima, entre la marfilosa torre del palacio de justicia y una cevichería cavernosa, hay una fachada colonial coronada con dos simétricas hileras de pequeños balaustres, bajo la corona cuatro altas ventanas grises con rejas forjadas en motivos rectos y eses espirales dan la cara entre dos puertas también grises, una de madera clausurada y otra de metal que cuando se abre lleva al zaguán de una educación primaria tradicional de Ibagué, conocida como el Nuevo Liceo, que comienza pasando aquella puerta gris y metálica de la entrada, el zaguán y la contrapuerta, hacia el patio de entrada, pequeño y cuadrado, con flacas columnas que delimitan el espacio cubierto, y cuya distribución es una herradura de ángulos rectos bajo tres lados de cubiertas inclinadas, de la cuarta pared surge una elevada formación de piedra a manera de una tosca y sacra cueva para una estatua de la Virgen, a cuyos pies continua la estructura pedregosa para formar, en frente, una pileta rectangular de piedras planas en cuyas aguas solía nadar una tortuga, y para completar el espacio abierto, dos jardincitos de flores variadas solían nacer a lado y lado de la pileta.
                                              


  1. Todos los viernes se rezaba el rosario en el patio de entrada, siempre los misterios dolorosos, la agonía en el huerto, la flagelación, la coronación de espinas, la cruz a cuestas y el camino al calvario, y la crucifixión y muerte, todos sentados en la herradura cubierta mirando hacia la pileta, hacia la cueva de la virgen, donde se ubicaba el grupo al que le tocara dirigir el rosario ese día.
  2. La directora Dálila solía hacer reflexiones didácticas, recuerdo su cómica expresión de dolor personificando a un niño que metía el brazo en un trapiche; la verdad, nunca entendí esa reflexión, pero me perturbaba la imagen de un niño que metía sus brazos como su fueran caña a esa máquina trituradora y su sangre se escurriera roja como si fuera guarapo ambarino.
  3. En el salón maderoso de primero, todo forrado de un café oscuro, con pupitres chocolate, con sonidos astillados, una vez realicé las comas comiendo, pero a la profesora Arabella no le hizo gracia: ella estaba haciendo un dictado y cada vez que decía “coma”, yo comía una crujiente galleta de un paquete que tenía a mano, así que por cada coma un sonoro “crac” rebotaba por las vigas del salón. 
  4. En el piso del patio de entrada, en una esquinita, justo al lado de la entrada del corredor que llevaba al resto del colegio, había una baldosa que decía “Bogotá” y mil novecientos… algo. Cuando estaba en grado segundo, alguien me dijo que el colegio en realidad estaba en Bogotá, pero que cuando salíamos, por una encanto de la bruja del bombillo verde, volvíamos a Ibagué. 
  5. En el patio de segundo había una luz verde, detrás de un cristal, un verde de esmeralda encendida que se veía desde cierto ángulo, en algunos momentos del día. Se decía que era una bruja, la verdadera dueña del colegio.
  6. Cuando estaba en grado preparatorio, me dieron un trofeo por pararme en frente de todos los alumnos y de la cueva de la virgen, para recitar unos tristes versos titulados “El burrito en la escuela”.
  7. Había una leyenda que circulaba por el colegio. Comenzaba por la curiosa pregunta: “¿Por qué no hay puntillas en el piso de segundo?”. El piso de segundo era el segundo piso de un espacio contiguo al patio de entrada, con una estructura similar a este. Una sombría escalera, que estaba encima de lo que decía era la casa de la bruja del bombillo verde, conectaba este patio con un segundo piso. Este piso era de madera y crujía; según la leyenda, uno no debía buscar puntillas clavadas en el piso para desmentir aquella pregunta, pues aparecía una niña cuya habitación había sido lo que fue después los salones de segundo; a la niña la habían matado unas puntillas sueltas, la encontraron clavada al piso; por eso yo siempre miraba al frente durante las clases, no fuera que por estar mirando al piso encontrara por casualidad una de esas fatales puntillas.
  8. photographer=jim
  9. Mi mamá me cuenta que cuando yo cursaba kínder, solía terminar con prontitud las actividades que ponía la profesora Ligia, me salía por la parte lateral del salón e iba a un patio conocido como el patio grande y corría de un lado a otro. Lo único que recuerdo es la sensación de amplitud al correr en un sitio que durante los recreos siempre estaba lleno de niños grandes.
  10. En el hall de danza me escondía detrás de unos arrumes de sillas para que no me tocara bailar, pues siempre confundía la izquierda con la derecha. Veía desde mi escondite, como a través de una ventana, a mis compañeros, que hacían esos movimientos inoficiosos, y que no se parecían a la forma en la que yo corría de un lado a otro moviendo las manos, siguiendo un compás que no se parecía al bambuco.
  11. “Mineeerva viiiva luuuces / Difuuunta-y prooonto naaazca / en Este claaaustro amaaado / Aurooora de..speraaanzas”. Creo que así decía el coro del himno del colegio. Yo lo cantaba con fuerza, alargando y musicalizando las vocales, saboreando las sílabas, me gustaba sobre todo el último verso, me  gustaba como sonaba; por supuesto, nunca tuve la menor idea de lo que significaban esas palabras juntas.

PUNT-dualidades

PUNT-DUALIDADES

You are coming home
Are you still alone
Are you not the same as you used to be
Used to be –Beach House

En un intento por comprender y expresar mis propias subjetividades en las manifestaciones concretas de algunos espacios, toman forma los siete puntos que he llamado punt-dualidades. Son espacios cuyo sustrato principal es la gramática de mi propia memoria en la ciudad. No estoy seguro si en esas elaboraciones me terminé alejando de la sutil tensión sujeto-objeto de Bollnow y acercando a imaginación poética Bachelard, pero considero las distintas formas de la dualidad que encarnan en estos puntos; las considero en cuanto al espacio como manifestación de un desplegar vital humano (Bollnow, 42).

La dualidad aquí es un doble impulso en el que toma forma esta ciudad. Ese doble impulso surge en el movimiento para representarme a mí mismo como a un otro momentáneo que se despliega en una escritura. El espacio de la escritura extiende el espacio de la ciudad a través de las formas que toma el sujeto-espacio. Así, los diferentes puntos configuran diferentes dualidades en las que el sujeto-espacio intenta comunicar la ciudad misma.


En punt-dualidades el doble impulso puede estar trabajado sobre una nostalgia que combina la experiencia vivencial de un mismo espacio en un antes y un ahora (Anversos y Reversos de Villa Café). También está en dos espacios cuyas vivencias se confunden en una sola (La otra Karen) y en una enumeración de prácticas espaciales (Una entrada y diez imágenes del Nuevo Liceo). Figura, por otra parte, la dualidad entre la forma de moldear las palabras y la experiencia, en un espacio vivencial, para dar diferentes versiones de un momento específico (Tres versiones del costado del pez). En otra instancia, la relación entre el espacio y el nombre bucea en un pobre torbellino (Formas de la parroquia Claret). Y en otros puntos del mapa, un cuerpo inconsciente descubre el espacio exterior a través de los límites y despliegues del espacio interno (Los fantasmas del Acuario, Desencuentro con el mango).   

Anversos y Reversos de Villa Café

Algunos años después de ese tiempo luminoso y violento, tiempo de sonrojares sinceros y de golpes puros, recorro con ojos de viejo un barrio cuyos espacios contienen recuerdos y cuyas muescas me dicen que quizá los recuerdos no son solo espectros proyectados por unos ojos envejecidos.

Anverso: ya no está el camino de piedras redondas que conectaba el colegio con el barrio Villa Café, ahora todo el colegio está bien delimitado por ladrillo, malla y alambre. El camino se lo tragó la tierra.

Reverso: el sabor de un brebaje espumoso blanco, espolvoreado con fresco royal del rojo, servido grande, en vaso ancho de plástico, porque tenía unas monedas de más, una tarde opaca y eléctrica, con un viento suave que iba disolviendo el calor residual del medio día, esperando que la ruta llegara, bajo un palo de mango, viendo zapatos cafés, negros y blancos que salían por el camino de piedras redondas, una tarde común, una tarde tan común.

Anverso: rodeo una estructura alargada de ladrillo a la vista, se ven algunos locales comerciales, pero al recorrerla con detalle, me acompaña una sensación de abandono íntimo. Se suben y se bajan algunos escalones, pero parece que todo es parte de una misma planta, a pesar de que son dos, como si un minimalista hubiera trazado una de las escaleras de Escher. Los soportales de la parte posterior, los pasadizos interiores y el salón central dan la sensación de un espacio limbo, un espacio confuso entre lo privado de los locales y lo público de la calle. En el salón central, parece que uno hubiera entrado sin permiso a un espacio íntimo, pero desierto, como si esa intimidad no le perteneciera a nadie y cualquiera pudiera llegar a hacerla suya.

Reverso: llegada, golpe, avivar, eléctrico, noche, columnas, izquierda, caída, polvareda, nudillos, sudor, sangre, turnos, bofetadas, ovaciones, oscuridad, escape, risas, choques.

Anverso: mientras estoy allí, llega una señora que elabora un juicio de mí con sus cejas y sus labios; finalmente dice: “Lo vi tomando fotos, ¿está interesado en comprar algún local?”. Le esbozo una sonrisa y le digo que solo estoy ahí por nostalgia. La señora baja una poco sus cejas y desentume los apretados labios. De repente, estoy hablando animadamente con ella; me cuenta sobre el resurgimiento del centro comercial de Villa Café, me dice que su local, una peluquería, fue de los primeros después de tanto abandono; me relata el proceso que ha sido darle otra cara a ese espacio, limpiarlo en cuerpo y alma, de adentro hacia afuera; también me susurra sobre las malas energías que dejó la gente que tenía tomado ese lugar a ratos. Una nostalgia se me escapa en forma de risa. La señora se despide y me deja allí, en ese polvoroso salón central. Vuelvo mi mirada hacia afuera, a un edificio, a una puerta que se ve al fondo, blanca, metálica.

shadow © Michael Jastremski / Attribution-ShareAlike

Reverso: Tú abrías la puerta y hablábamos en el descansillo de la escalera exterior, mirábamos el cielo, desde allí, el salón se veía con cierta claridad ¿cuántas lágrimas derramaste? ¿Sabías que, en secreto, mi perversión era sentirme superior al consolarte? Y a pesar de que te disculparas, era evidente que, en secreto, tu perversión era creer que me tenías a tus pies. Nos regocijábamos en nuestros descubrimientos de aquellas sensaciones dulces y turbias. Te dijeron que yo era de esos que andaba por ese sitio oscuro y medio abandonado, pero tú me escribiste una dulce carta. ¿Te asomaste alguna vez en las noches en que sombras se escurrían y se adueñaban de ese edificio alargado en frente de tu casa? Quizá por eso no volví a tocar a tu sonora puerta blanca.

Algunos años después de ese tiempo luminoso y violento, tiempo de sonrojares sinceros y de golpes puros, recorro con ojos de viejo un barrio cuyos espacios contienen recuerdos y cuyas muescas me dicen que quizá los recuerdos no son solo espectros proyectados por unos ojos envejecidos. Busco entre los grafitis, entre las ruinas renovadas, entre el polvo de aquel salón alguna muesca que me diga si en verdad alguna vez existí aquí.

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