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Solirio figura el descubrimiento de
una ciudad en la arquitectura de una propia existencia. Se trata de una niña,
una jovencita, cuya voz viva y muerta lleva el relato. Los diferentes estadios
de tal relato corresponden a episodios formativos de la vida Solirio[1],
hasta que entra en La noche infinita[2].
Esta historia tiene potencia y tiene ciudad[3], pero
no tiene lenguaje. Solirio habla de leyendas, cuenta eventos de su
cotidianidad, habla con recuerdos espectrales,
narra su formación intelectual y musical, observa su propia muerte y su propio
fantasma; todo ello se hace con una Ibagué siempre allí, siempre como un
espacio inherente al relato[4]. Y
sobre estos eventos esboza Carlos Andrés Oviedo, un narrador de carne que
apuntala las palabras de la novela, pero que construye una forma poco depurada
e inocente[5]. Aun
así, este escritor proyecta más relatos urbanos; la experiencia quizá sirva
para figurar otra Ibagué.
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[1] Se puede pensar este
relato como una novela de formación desde el Bildungroman. El término alemán “Bildungsroman” ha tenido una
significativa genealogía dentro de los estudios literarios desde el siglo XIX
hasta nuestra época. Su desarrollo ha sido marcado por su concepción como
género novelístico en cuanto a “novela de aprendizaje”, “novela de educación” o
“novela de formación”. En su definición más simple es un relato que cuenta el
crecimiento de un personaje hasta entrar a la edad adulta, haciendo un énfasis
estructural en aquellos episodios decisivos en la construcción de la identidad
del sujeto en cuestión. Sin embargo, a lo largo de su historia crítica, el
género ha sido conceptualizado y usado de diferentes maneras. En primer lugar
se debe reconocer que este género
obedeció a la puesta en forma de aspectos literarios y extraliterarios
de la Alemania del siglo XVIII (Rodríguez, 51). Luego, establecido este origen
histórico, también se debe reconocer el uso y abuso de este término en la
crítica y teoría literarias (Rodríguez, 29). En el artículo “Modernist Studies
and the Bildugsroman”, Tobias Boes elabora un recorrido por las concepciones y
discusiones a propósito del “Bildugsroman”. Por supuesto, con esta problemática
en mente, puede decirse que la formación
es la columna del relato; sin embargo, no hay paso a una vida adulta, ya que
Solirio muere para condensar la metáfora que da nombre a la novela. Así que
como toma de posición queda la duda sobre la muerte como una interrupción
definitiva en el proceso de formación, pero sin una construcción de Bildungsroman, sino más bien como un
romanticismo juvenil de una lúcida sensibilidad que fallece joven.
[2] La novela La noche infinita fue publicada por Caza
de libros, impresa en Ibagué y presentada en el marco de la Filbo 2013.
[3] Con todo, esta novela
resulta un punto de referencia para el panorama de la literatura que apropia
Ibagué como espacio urbano.
[4] Bajtín propone una
unidad espacio-temporal moldeada desde la forma estética a la que llama
cronotopo. Esto no solo se trata del espacio y tiempo en sí, descritos en una
obra, sino que es la construcción de sentido a partir de las formas
espacio-temporales presentes en una obra. La
noche infinita está construida sobre un cronotopo constante que, a su vez,
se desenvuelve sobre la idea de formación
del Bildungsroman. Así, los diferentes estadios de aprendizaje en la vida
de Solirio se construyen sobre una cierta visión de ciudad, que además se
mueven sobre unos años presentes y futuros. Podríamos tomar como ejemplo la
visita al balneario, los comentarios sobre el frío de antaño en la ciudad y la hacienda
fantasma y fundacional de Ibagué (Oviedo 25-45). Además resulta curioso que, a
pesar de que la columna vertebral son los relatos de formación, siempre sea
constitutivo un tono melancólico y nostálgico, impuesto por un narrador que se
olvida constantemente de Solirio y le arrebata la voz.
[5] Si bien
se ha visto en esta novela una iniciativa interesante en cuanto a Ibagué como
espacio urbano, es importante señalar el descuido estilístico que deja sobre la
marcha esta obra literaria. En literatura una cosa es la construcción autónoma
del lenguaje, la palabra como material, independientemente de todo; otra cosa
es el descuido formal que quiera ponerse una máscara estética. Se puede tomar
como ejemplo panorámico la doble voz que lleva la novela, una perteneciente a
Solirio y otra al narrador; la cuestión es cómo Solirio, como heroína hablante,
pierde su consistencia como niña-personaje, cuando se ve constantemente
infectada por juicios y apreciaciones que no parecen ser de ella, sino que el
narrador la está usando en un posición monofónica. También hay situaciones como
la risible intervención retórica de Simón Bolívar o la forzada expresión de “el
viejo mete-saca” para una reflexión sexual. Pero sobre todo lo que ocurre con
la novela es el hecho de que la personalidad sensible y romántica de Solirio
termina por hacer una apuesta en la nostalgia del lugar común, lo cual presenta
una monofonía inocente, no de parte de la protagonista, sino del artífice
detrás de ella.

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