Algunos años después de ese tiempo
luminoso y violento, tiempo de sonrojares sinceros y de golpes puros, recorro
con ojos de viejo un barrio cuyos espacios contienen recuerdos y cuyas muescas
me dicen que quizá los recuerdos no son solo espectros proyectados por unos
ojos envejecidos.
Anverso: ya no está el camino de
piedras redondas que conectaba el colegio con el barrio Villa Café, ahora todo
el colegio está bien delimitado por ladrillo, malla y alambre. El camino se lo
tragó la tierra.
Reverso: el sabor de un brebaje
espumoso blanco, espolvoreado con fresco royal del rojo, servido grande, en
vaso ancho de plástico, porque tenía unas monedas de más, una tarde opaca y
eléctrica, con un viento suave que iba disolviendo el calor residual del medio
día, esperando que la ruta llegara, bajo un palo de mango, viendo zapatos
cafés, negros y blancos que salían por el camino de piedras redondas, una tarde
común, una tarde tan común.
Anverso: rodeo una estructura
alargada de ladrillo a la vista, se ven algunos locales comerciales, pero al
recorrerla con detalle, me acompaña una sensación de abandono íntimo. Se suben
y se bajan algunos escalones, pero parece que todo es parte de una misma
planta, a pesar de que son dos, como si un minimalista hubiera trazado una de
las escaleras de Escher. Los soportales de la parte posterior, los pasadizos interiores
y el salón central dan la sensación de un espacio limbo, un espacio confuso
entre lo privado de los locales y lo público de la calle. En el salón central,
parece que uno hubiera entrado sin permiso a un espacio íntimo, pero desierto,
como si esa intimidad no le perteneciera a nadie y cualquiera pudiera llegar a
hacerla suya.
Reverso: llegada, golpe, avivar,
eléctrico, noche, columnas, izquierda, caída, polvareda, nudillos, sudor,
sangre, turnos, bofetadas, ovaciones, oscuridad, escape, risas, choques.
Anverso: mientras estoy allí, llega
una señora que elabora un juicio de mí con sus cejas y sus labios; finalmente
dice: “Lo vi tomando fotos, ¿está interesado en comprar algún local?”. Le
esbozo una sonrisa y le digo que solo estoy ahí por nostalgia. La señora baja
una poco sus cejas y desentume los apretados labios. De repente, estoy hablando
animadamente con ella; me cuenta sobre el resurgimiento del centro comercial de
Villa Café, me dice que su local, una peluquería, fue de los primeros después
de tanto abandono; me relata el proceso que ha sido darle otra cara a ese
espacio, limpiarlo en cuerpo y alma, de adentro hacia afuera; también me
susurra sobre las malas energías que dejó la gente que tenía tomado ese lugar a
ratos. Una nostalgia se me escapa en forma de risa. La señora se despide y me
deja allí, en ese polvoroso salón central. Vuelvo mi mirada hacia afuera, a un
edificio, a una puerta que se ve al fondo, blanca, metálica.
Reverso: Tú abrías la puerta y
hablábamos en el descansillo de la escalera exterior, mirábamos el cielo, desde
allí, el salón se veía con cierta claridad ¿cuántas lágrimas derramaste?
¿Sabías que, en secreto, mi perversión era sentirme superior al consolarte? Y a
pesar de que te disculparas, era evidente que, en secreto, tu perversión era
creer que me tenías a tus pies. Nos regocijábamos en nuestros descubrimientos
de aquellas sensaciones dulces y turbias. Te dijeron que yo era de esos que
andaba por ese sitio oscuro y medio abandonado, pero tú me escribiste una dulce
carta. ¿Te asomaste alguna vez en las noches en que sombras se escurrían y se
adueñaban de ese edificio alargado en frente de tu casa? Quizá por eso no volví
a tocar a tu sonora puerta blanca.
Algunos años después de ese tiempo
luminoso y violento, tiempo de sonrojares sinceros y de golpes puros, recorro
con ojos de viejo un barrio cuyos espacios contienen recuerdos y cuyas muescas
me dicen que quizá los recuerdos no son solo espectros proyectados por unos
ojos envejecidos. Busco entre los grafitis, entre las ruinas renovadas, entre
el polvo de aquel salón alguna muesca que me diga si en verdad alguna vez
existí aquí.
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